En medio del reordenamiento político que se abrió en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro, la petrolera estadounidense Chevron comenzó a incrementar su presencia en el país caribeño con el envío de una flota de al menos 11 buques petroleros que se dirigen a puertos controlados por el Estado venezolano para cargar crudo con destino a Estados Unidos.
El movimiento se conoció pocas horas antes de que el presidente estadounidense Donald Trump anunciara que el nuevo gobierno encabezado por Delcy Rodríguez acordó entregar entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo a Estados Unidos, como parte de una transición política que Washington supervisa de cerca.
De acuerdo con datos de seguimiento marítimo citados por las agencias Bloomberg y EFE, de los once barcos fletados por Chevron uno ya había cargado petróleo y otros dos permanecían atracados en los puertos de José y Bajo Grande, dos de las principales terminales petroleras del país. El resto tiene previsto arribar en los próximos días. Todo el crudo extraído se destina a refinerías de EE.UU., entre ellas Valero Energy Corp, Phillips 66 y Marathon Petroleum Corp.
Se trata del mayor número de cargamentos desde octubre y de un nivel de envíos superior al registrado en diciembre. El esquema previsto eleva las exportaciones a 152.000 barriles diarios, por encima de lo despachado el mes pasado, cuando los embarques con destino a EE.UU. rondaron los 123.000 por día.
Chevron es la única empresa occidental autorizada por EE.UU. para producir y exportar crudo venezolano. Foto: Reuters
Chevron es actualmente la única empresa occidental autorizada por Estados Unidos para producir y exportar crudo venezolano, en el marco de las sanciones que pesan sobre la industria energética del país. Opera bajo una licencia especial otorgada por el Departamento del Tesoro y concentra cerca del 25% de la producción nacional, con destino casi exclusivo a refinerías estadounidenses del Golfo y la costa Este.
«Chevron sigue centrada en la seguridad y el bienestar de sus empleados y en la integridad de sus activos. Operamos en pleno cumplimiento de todas las leyes y regulaciones aplicables», señaló un vocero de la compañía, que evitó hacer comentarios sobre cuestiones comerciales.
El aumento de los envíos ocurre en un contexto de fuerte presencia militar de EE.UU. en el mar Caribe, destinada a reforzar un bloqueo naval sobre el comercio petrolero venezolano. Según reportes especializados, varios buques que se dirigían al país tuvieron que cambiar de rumbo, mientras que algunos petroleros vinculados a redes de transporte clandestino lograron abandonar aguas venezolanas tras la captura de Nicolás Maduro.
Especialistas del mercado energético advierten que, sin la mayor salida de crudo facilitada por Chevron, Petróleos de Venezuela (PDVSA) podría verse obligada a reducir producción e incluso cerrar pozos ante la acumulación de inventarios. Proyecciones privadas indican que la producción podría caer a alrededor de 600.000 barriles diarios en las próximas semanas si no se sostienen las exportaciones.
Un camión de Petróleos de Venezuela (Pdvsa), la empresa estatal encargada del petróleo y gas natural. Foto: EFE
Trump aseguró que Estados Unidos «controlará» el proceso de transición en Venezuela hasta que se garantice un cambio político «seguro» y afirmó que buscará recuperar activos petroleros para empresas estadounidenses. También dejó abierta la posibilidad de nuevas medidas de presión si el nuevo gobierno «no cumple» con los compromisos asumidos.
En ese escenario, Chevron emerge como una pieza clave en el tablero energético y político: su rol no solo permite aliviar el exceso de crudo dentro de Venezuela, sino que también funciona como canal estratégico para el ingreso de petróleo pesado a refinerías estadounidenses, en un momento de redefinición profunda del poder en Caracas.
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Trump pidió «acceso total» al petroleo de Venezuela para «reconstruir» el país
Pese a contar con las mayores reservas de petróleo del mundo, el crudo venezolano plantea serias dificultades técnicas que condicionan cualquier intento de relanzar la producción. Se trata, en su mayor parte, de un petróleo pesado y extrapesado, con alta densidad y elevado contenido de azufre, lo que lo vuelve más costoso de transportar y refinar y obliga a someterlo a procesos adicionales de dilución o tratamiento en plantas especializadas.
Venezuela dispone de distintos tipos de crudo -liviano, mediano, pesado y extrapesado-, lo que en teoría le otorga un enorme potencial para abastecer al mercado internacional. Sin embargo, el peso de sus reservas recae sobre el petróleo de peor calidad. Según el último Boletín Estadístico Anual de la OPEP, el país concentra alrededor del 17,5% de las reservas mundiales, unas 303.000 millones de barriles, la mayoría ubicadas en la Faja del Orinoco, donde los yacimientos se encuentran a gran profundidad.
Ese crudo no solo es difícil de refinar: también resulta complejo de mover. Su alto contenido de azufre acelera la corrosión de las tuberías y exige buques e infraestructura adecuados. La combinación de sanciones internacionales, falta de barcos especializados y deterioro de las instalaciones generó en los últimos años cuellos de botella en el almacenamiento y el transporte, incluso cuando la producción ya se encontraba en niveles mínimos.
A ese problema estructural se suma el estado de la infraestructura petrolera. Especialistas advierten que el sistema necesita una inyección millonaria de capital para volver a operar a gran escala. Estimaciones privadas calculan que serían necesarios unos 250.000 millones de dólares para recuperar instalaciones y acercarse nuevamente a los tres millones de barriles diarios que el país supo producir décadas atrás, frente a los cerca de 700.000 actuales.
Un buque petrolero en el Lago de Maracaibo (Venezuela), el mes pasado. Foto: EFE
Hasta los años 90, Venezuela contaba con una red de refinación y procesamiento considerada de las más avanzadas de la región. Con la nacionalización de la industria y el paso de los años, esas plantas quedaron obsoletas y sin capacidad suficiente para tratar el crudo pesado, lo que obligó a depender cada vez más de envíos al exterior.
En ese contexto, se abren dos escenarios: una reconstrucción progresiva de la infraestructura petrolera dentro del país o el traslado del crudo a refinerías extranjeras, principalmente en EE.UU., que sí cuentan con la tecnología necesaria. Esta última opción permitiría acelerar las exportaciones, pero reduciría el valor agregado que queda en Venezuela.
Con las mayores reservas del planeta, la producción sigue estancada y las exportaciones dependen en buena medida de rutas opacas y de la llamada «flota fantasma», con China como principal destino. Para los analistas, el principal riesgo ya no es una caída adicional de la producción, sino un colapso logístico que impida mover el petróleo disponible.
Si el escenario político deriva en una flexibilización de las sanciones y un aumento de la producción, el impacto se sentirá también en el mercado internacional. Un mayor flujo de crudo venezolano podría incrementar la oferta global y ejercer presión a la baja sobre los precios. Sin embargo, advierten, la reconstrucción de la capacidad productiva llevará años, mientras que la tensión en los precios y en la logística es inmediata, alimentada por la incertidumbre regulatoria, los seguros marítimos y el riesgo geopolítico.
