La estampa se ha vuelto trágicamente cotidiana en nuestras ciudades y campos: una densa bruma gris que nubla el horizonte, un olor penetrante a madera quemada y una ceniza fina que se asienta sobre cada rincón de nuestras vidas. Lo que muchos ven simplemente como una molestia estacional o una costumbre de la época de sequía es, en realidad, una crisis de salud pública que se infiltra en nuestros hogares sin pedir permiso. A diferencia de otros problemas ambientales, el humo de la quema indiscriminada —ya sea por prácticas agrícolas arcaicas, limpieza de terrenos o simple vandalismo— no se queda estático. Viaja kilómetros cargado de partículas microscópicas que tienen la capacidad de evadir las defensas naturales de nuestro cuerpo y alojarse en lo más profundo de los pulmones, pasando incluso al torrente sanguíneo. No estamos ante un simple aire sucio; estamos respirando un cóctel tóxico que agrava enfermedades cardiovasculares, detona crisis asmáticas y reduce la esperanza de vida de los sectores más vulnerables: nuestros niños y ancianos.
El verdadero veneno, sin embargo, no es solo el monóxido de carbono; es la indiferencia y la cultura de la impunidad. La quema indiscriminada persiste porque existe la falsa percepción de que «siempre se ha hecho así» y porque la fiscalización es, en el mejor de los casos, inexistente. Es una lógica perversa donde el infractor busca ahorrarse unos cuantos bolívares limpiando su terreno con fuego, mientras la sociedad entera paga una factura impagable en hospitales saturados, compra de medicamentos de emergencia y vidas que se apagan lentamente.
Es imperativo que las autoridades y la ciudadanía dejen de tratar estos incendios como eventos fortuitos de la naturaleza. No son desastres naturales; son crímenes ambientales con rostros y responsables. Necesitamos una vigilancia activa que utilice la tecnología y la denuncia ciudadana con consecuencias legales reales, así como una transición urgente hacia métodos de limpieza sostenibles que no sacrifiquen el oxígeno de todos por el beneficio económico de unos pocos. No podemos permitir que el aire puro se convierta en un recuerdo o en un lujo del pasado. El humo nos está matando en silencio, y el silencio de quienes deben protegernos es el combustible que mantiene viva la llama. Es hora de apagar el fuego antes de que nos quedemos sin aliento para denunciarlo.
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