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La fecha quedó sellada en el calendario oficial. La presidenta de la República, en conjunto con la Asamblea Nacional, emitió un decreto que declara el 17 de marzo como el Día Nacional del Béisbol Venezolano. La decisión no es un acto aislado ni un simple trámite burocrático: llega envuelta en el eco de un logro reciente que llenó de orgullo al país. Venezuela acaba de conquistar un título mundial en esta disciplina, una victoria que reavivó la pasión en cada rincón del territorio y que sirvió como catalizador para elevar a rango de celebración nacional un deporte que ya era, de hecho, parte esencial de la identidad venezolana.

Más allá del gesto institucional, esta declaratoria debe ser entendida como una oportunidad. El béisbol ha sido tradicionalmente el espejo donde Venezuela se mira con optimismo. Desde los campos improvisados de los barrios hasta los estadios profesionales, el juego ha funcionado como una escuela de disciplina, trabajo en equipo y perseverancia. Ahora, con el respaldo de un reconocimiento oficial, el reto es canalizar ese entusiasmo hacia donde realmente construye futuro: las nuevas generaciones.

Si algo ha demostrado el éxito reciente de nuestra selección es que el talento venezolano sigue siendo una potencia mundial. Cada jonrón, cada lanzamiento y cada jugada espectacular que vimos en el campeonato no fueron producto de la casualidad, sino del esfuerzo de jóvenes que crecieron con un guante bajo el brazo y el sueño de representar a su país. Esa es la semilla que debemos proteger y multiplicar.

El llamado, entonces, es claro: que este 17 de marzo sea el punto de partida para involucrar a los niños, niñas y adolescentes venezolanos en el deporte. No se trata solo de formar atletas de alto rendimiento, sino de ofrecerles una herramienta de crecimiento personal. El béisbol, como cualquier disciplina deportiva, enseña a levantarse después de una derrota, a celebrar los triunfos con humildad y a entender que el éxito colectivo es más valioso que cualquier estadística individual.

Para que todo ello tenga el efecto deseado, es necesario que la institucionalidad del deporte, más allá de los decretos, se traduzca en acciones concretas: espacios dignos para la práctica, formación de entrenadores en las comunidades y programas que lleven el deporte a cada escuela y cada barrio. La inversión en el semillero deportivo es la inversión más rentable que puede hacer un país, porque sus frutos no solo se ven en un marcador o en un campeonato, sino en la formación de ciudadanos con valores, disciplina y sentido de pertenencia.

Hoy, cuando celebramos por primera vez este Día Nacional del Béisbol, no lo hagamos solo con la nostalgia de los viejos gladiadores o con la euforia del título recién obtenido. Mirémoslo como lo que debe ser: una invitación abierta a la juventud venezolana para que tome el bate, para que ocupe su tiempo en los diamantes de barrio, para que encuentre en el deporte un camino de realización y una alternativa frente a los desafíos del presente.

El béisbol venezolano tiene historia, tiene presente y, si sembramos bien, tendrá un futuro brillante. Ese futuro está en los niños que hoy lanzan contra una pared, en los adolescentes que sueñan con un uniforme y en la voluntad de todos, familias, comunidades e instituciones, para hacer del deporte una política de Estado que trascienda gobiernos y se consolide como legado.

Que este 17 de marzo no sea solo una fecha en el calendario, sino el inicio de una nueva etapa para el deporte venezolano. Una etapa donde el éxito no se mida únicamente por los títulos, sino por la cantidad de jóvenes que encuentran en el béisbol una razón para esforzarse, creer y construir un país distinto desde la disciplina, la pasión y el trabajo en equipo.

Por Venezuela y por su juventud, que el béisbol siga siendo motivo de orgullo y de esperanza.

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