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En las últimas décadas, hemos sido testigos de una transformación silenciosa pero profunda en la escala de valores que rige nuestra sociedad. Antes, conceptos como la honestidad, la solidaridad, la coherencia y el respeto al prójimo constituían el piso ético sobre el cual se construía la confianza comunitaria. Hoy, sin embargo, parecen haber sido arrumbados en un rincón polvoriento. Su reemplazo es frío, duro y tiene un denominador común: el valor del bolsillo.

El diagnóstico es crudo, pero difícil de refutar. Se ha instalado la lógica de que el fin justifica los medios, siempre que ese fin sea la ganancia económica o la supervivencia inmediata. El «vale todo» se ha vuelto moneda corriente: se miente en una negociación si eso cierra un trato; se explota un vacío legal si eso maximiza la rentabilidad; se traiciona una amistad si eso asegura un ascenso. El medidor del éxito ya no es la integridad de la persona, sino el saldo de su cuenta bancaria. Hemos cambiado, sin que muchos lo notaran, el «ser» por el «tener».

Este fenómeno no es gratuito. Responde a un contexto de crisis económica prolongada, donde la angustia por llegar a fin de mes ha desdibujado las fronteras de lo aceptable. El bolsillo, cuando está vacío, duele más que la conciencia, y esa pulsión de supervivencia ha sido hábilmente explotada por discursos que justifican cualquier decisión como «necesaria» o «realista». El cinismo se ha vuelto una virtud; la ética, un lujo de ingenuos.

Pero el costo de esta transacción es altísimo y termina siendo más caro que cualquier ganancia pasajera. Una sociedad que negocia sus principios erosiona el tejido mismo que la mantiene unida. Si no se puede confiar en la palabra del otro, si la trampa es la norma y la ley se respeta solo cuando conviene, el resultado es un mundo más hostil, desigual y, paradójicamente, más pobre en lo humano. La falta de ética genera desconfianza, y la desconfianza frena la cooperación, el desarrollo y la paz social.

No se trata de una defensa ingenua de una moral rígida e inalcanzable. Se trata de recordar que los valores no están reñidos con el progreso material, sino que son su verdadero sostén. Una empresa que construye su éxito sobre la explotación o el engaño tendrá ganancias, pero no creará bienestar duradero. Un individuo que traiciona su integridad por un beneficio inmediato, tarde o temprano descubre que el precio fue su propia dignidad.

Urge, entonces, un reencuentro con la ética de lo esencial. Urge recuperar la noción de que el valor de una persona y de una sociedad se mide también por su capacidad de anteponer la honestidad a la conveniencia, la empatía a la indiferencia y el bien común al rédito personal. De lo contrario, seguiremos cambiando lo que nos hace humanos por un puñado de billetes que, al final, nunca llenan el vacío de una conciencia vacía. La pregunta ya no es cuánto cuesta ser ético. La verdadera pregunta es: ¿cuánto estamos dispuestos a perder si dejamos de serlo?

¿SERÁ QUE DIOS DEBE BAJAR LA CUCHILLA Y HACER UN MUNDO NUEVO?.