En tiempos de incertidumbre global, cuando las cadenas de suministro se tambalean y los precios de los alimentos se disparan, emerge una verdad tan antigua como la humanidad: quienes cultivan la tierra y producen los alimentos que llegan a nuestra mesa realizan una labor sagrada. Y quienes cumplen una misión tan esencial para la vida cuentan, más que ningún otro, con una protección especial: la de Dios.
No se trata de una frase piadosa ni de un consuelo vacío. Es un reconocimiento profundo de que el agricultor, el ganadero, el campesino, son los verdaderos héroes anónimos de la sociedad. Mientras gran parte del mundo depende de pantallas y algoritmos, ellos dependen del sol, la lluvia, la tierra y el misterio de la semilla que muere para dar vida. Su oficio es una alianza con lo divino.
Pero esta protección divina no exime a las sociedades humanas de su responsabilidad. Decir que están protegidos por Dios no significa que deban enfrentarse solos a la sequía, los precios injustos, los plaguicidas tóxicos o el abandono estatal. Al contrario, esa creencia nos interpela: si Dios protege a quienes nos alimentan, ¿cómo no vamos a protegerlos nosotros también?
Y aquí debemos hablar con claridad de una herida que sangra en el campo: el crédito traicionado. Muchos productores, movidos por la necesidad de colocar sus cosechas o por la confianza en su palabra, entregan sus frutos a cambio de una promesa de pago. Pero luego vienen las largas esperas, las excusas, los silencios. Y aquellos que reciben la mercancía a crédito y no pagan —conscientes del daño que causan— no solo cometen un acto de injusticia humana. Ofenden también un orden sagrado.
Porque quien se aprovecha del sudor del campesino y le roba con la mentira su legítimo sustento, acumula una deuda que no aparece en los libros contables, sino en la mirada de Dios. Y aunque la ley terrenal sea lenta o ciega, la ley divina no olvida. El castigo por devorar la esperanza del productor puede no ser un rayo en el cielo, pero sí la esterilidad del alma, la ruina del deshonor, o la cosecha amarga de haber sembrado traición.
Lamentablemente, muchos lo descubrirán cuando ya sea tarde. Porque la justicia divina no falla: quien no paga con moneda, paga con condena.
Por todo esto, desde esta tribuna hacemos un llamado a los gobiernos, a los mercados y a los consumidores: honren a quienes producen alimentos. Compren local, paguen precios justos, inviertan en tecnología rural, aseguren la tierra para quien la trabaja. Y a quienes reciben a crédito, recordarles que la palabra empeñada es un pacto sagrado. Porque proteger al productor de campo no es solo un acto de justicia social, sino también de fe.
Los que alimentan al mundo llevan el peso de la creación sobre sus hombros. Y sí, están protegidos por Dios. Pero nosotros debemos asegurarnos de que también estén protegidos por nuestras leyes, nuestra economía y nuestra gratitud.
Que ningún productor del campo vuelva a sentirse solo. Y que ningún moroso duerma tranquilo creyendo que su deuda ha sido olvidada. Porque si Dios protege a quienes siembran, también juzga a quienes cosechan sin pagar.
QUIEN PRODUCE ALIMENTOS EN EL CAMPO NO ESTA SOLO, DIOS ESTA CON EL.
