El eco de un grito se escuchó con fuerza la noche del 17 de marzo en Miami y resonó hasta el último rincón de Venezuela y en cada rincón del mundo donde habita un corazón venezolano: «¡Venezuela campeón! ¡Venezuela campeón!» . No era solo el grito de victoria de un equipo de béisbol. Era el rugido contenido de todo un país que, contra todos los pronósticos y contra un «equipo de ensueño», se alzó para tocar la gloria.
Venezuela es campeón del Clásico Mundial de Béisbol. La frase, por sí sola, tiene un peso histórico que tardaremos en dimensionar. Por primera vez, la constelación de estrellas que ha dado este país en el diamante se engarza para formar la imagen más brillante de su historia deportiva. El triunfo sobre el poderoso Estados Unidos no es solo un marcador; es la partitura de una epopeya. Es la historia de un equipo que, con el temple de un Eduardo Rodríguez silenciando bates en la lomita y la casta de un Eugenio Suárez rompiendo el empate en la novena con un doble invaluable, le demostró al mundo que la fe puede más que las estrellas.
Pero este título, el primero para una nación latina desde 2013, trasciende lo meramente deportivo. Llega en un momento donde la alegría se convierte en el mejor bálsamo para un pueblo que enfrenta desafíos cotidianos. La euforia del jonrón de Wilyer Abreu y la entonación del himno en Miami se convirtieron en un abrazo colectivo que cruzó océanos y fronteras. En este contexto, el triunfo en el LoanDepot Park, ante miles de almas y con una diáspora que convirtió Miami en una extensión de su patria, adquiere una dimensión catártica.
La victoria es un bálsamo para el espíritu de un pueblo. Mientras las calles de Caracas, Maracay, Valencia y Barquisimeto se llenaban de banderas tricolores, pitos y cohetes, la escena se repetía en cada rincón del planeta donde hay un venezolano. Vecinos que apenas se conocían se abrazaban de edificio a edificio, motorizados recorrían las avenidas y, en cada celebración, había un dejo de esperanza y orgullo. «Este triunfo es esperanzador», decía un joven en las afueras del estadio, reflejando el sentir de millones que encontraron en el deporte una razón para sonreír.
Y es que, en medio de la rutina y las dificultades, el béisbol recordó quiénes somos. Le devolvió al venezolano el orgullo de pertenecer a una nación que, a pesar de todo, es capaz de parir héroes. Jugadores como Maikel García, galardonado como el Jugador Más Valioso, lo expresaron con una sencillez desarmante: «Nosotros salíamos a jugar todos los días por los 30 millones de venezolanos» . No jugaban solo por ellos, jugaban por el abuelo que les enseñó a agarrar un bate, por el amigo que tuvo que irse, por la familia que espera, por todos los que, desde la distancia o la cercanía, necesitaban una razón para creer.
El mensaje de Eugenio Suárez, autor del doblete que dio la ventaja definitiva, resuena con la fuerza de un cañonazo: «Esto es para todo el país venezolano. Nadie creía en Venezuela, pero hoy ganamos el campeonato» . Y en esa frase, «nadie creía», se resume también la historia de un país al que siempre le gusta demostrar que puede lograr lo imposible.
Hoy, la alegría le gana un juego a la tristeza. El pitcheo venezolano, una muralla que contuvo a monstruos del bateo, nos enseñó que sí se puede resistir. La ofensiva oportuna nos demostró que sí se puede aprovechar cada mínima oportunidad para cambiar la historia. Y la celebración, tanto en Miami como en cada pueblo de Venezuela, nos recordó que hay una sola bandera que nos une: la de la pelota criolla.
El Clásico Mundial ya es nuestro. El trofeo regresa a Latinoamérica de la mano de un pueblo que no se rinde. Venezuela es campeón. Y en este instante de luz, el deporte le ha regalado a una nación entera el derecho inalienable a soñar y a gritar, con el pecho inflado, que la esperanza también viste de Vinotinto.
¡ VIVA VENEZUELA, CAMPEÓN MUNDIAL !
