La transición entre el estruendo del Carnaval y el recogimiento de la Semana Santa solía ser un muro infranqueable en nuestra cultura. Sin embargo, en los últimos años, parece que ese muro ha sido demolido por una gestión política que confunde la promoción turística con el irrespeto a la fe, y la reactivación económica con el desenfreno sistemático.
Resulta paradójico que, mientras el calendario litúrgico llama a la introspección y al respeto por el sacrificio de la Cruz, desde las oficinas gubernamentales se diseñen agendas que parecen una extensión de las carnestolendas. Conciertos de música urbana, festivales de playa y eventos de consumo masivo se anuncian con el mismo vigor que si estuviéramos en pleno febrero. ¿Es esta una falta de fe individual de nuestros gobernantes o un cálculo pragmático y frío?
Mantener a la población distraída con el «disfrute» parece ser la prioridad por encima del fomento de valores ciudadanos o el respeto a la tradición religiosa.
Se prioriza la cifra de hoteles llenos y venta de alcohol sobre el silencio que exige la Semana Mayor.
La mención bíblica a Sodoma y Gomorra no es solo una advertencia religiosa, sino una metáfora sociológica. Cuando una sociedad pierde la noción del «límite» y del «respeto a lo sagrado», queda a merced de un hedonismo vacío. Si los políticos impulsan el desorden en días que deberían ser de paz, están enviando un mensaje peligroso: nada es sagrado, todo es mercancía.
No se trata de imponer la religión a quienes no creen, sino de respetar el sentido original de una fecha que para millones representa la base de su moralidad. Convertir el viacrucis en una ruta de bares o las procesiones en una oportunidad de campaña política es, en el mejor de los casos, una falta de tacto, y en el peor, una provocación a los valores fundamentales de la comunidad.
El país no necesita «otro Carnaval». Necesita momentos de reflexión, de familia y, sobre todo, de respeto. Los gobernantes tienen la obligación de garantizar el descanso y el turismo, pero no a costa de profanar el espíritu de una semana que invita a ser mejores personas, no simplemente mejores consumidores.
Si la política sigue empeñada en convertir cada feriado en un desorden, llegará el día en que no tengamos nada que celebrar, porque habremos perdido el significado de nuestras tradiciones.
No esperemos a Sodoma y Gomorra, respetemos a Dios.
