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Hay decisiones que parecen pequeñas pero terminan escribiendo historia. Y hay obras que, aunque estuvieron frente a nuestros ojos durante décadas, nadie se atrevió a tocar. Ese es el caso de la hoy llamada «superpiscina» de Guanare, que con sus dimensiones se ha convertido en la más grande de Latinoamérica, y que este asueto de Semana Santa recibió a más de 80 mil personas en solo cuatro días.

Pero lo que ahora es un centro turístico repleto de familias, risas y agua limpia, no fue siempre así. Hay que recordarlo: esos canales fueron construidos en la Cuarta República. Durante años, permanecieron en el más absoluto desuso, abandonados a su suerte. Ningún gobernador anterior se atrevió siquiera a pensar en ellos. Prefirieron mirar hacia otro lado, dejando que el monte creciera, que la estructura se deteriorara y que el espacio se convirtiera en un símbolo de olvido.

Luego llegó el gobernador Primitivo Cedeño. Y mientras otros veían un elefante blanco, él vio una oportunidad. No prometió castillos de naipes, sino trabajo: limpiar, pintar, reparar. Se puso el overol donde otros solo posaban para la foto. Y el resultado está a la vista: lo que era un basurero verde es hoy un imán de felicidad.

Sin embargo, también hay un sector que critica. Dicen que no se debió invertir allí, que no irán, que eso no les gusta. Y está bien. Porque el mensaje final de este editorial es profundamente libre: cada quien hace de su vida lo que quiere. Ir o no ir a la superpiscina es una decisión personal, intransferible. Si alguien prefiere quedarse en casa, es su derecho. Pero lo que nadie puede negar es que, para más de 80 mil personas, estos cuatro días fueron un respiro. Familias enteras se bañaron, rieron, compartieron y la pasaron superbien.

Y algo muy importante: no hubo problemas. No hubo violencia, no hubo incidentes mayores, no hubo el caos que algunos vaticinaban. Solo agua, sol y gente disfrutando.

Eso también es hacer política: devolverle al pueblo lo que es del pueblo, sin exclusiones, sin etiquetas. Y recordar que, al final, cada quien es libre de armar su propio saco de razones para ser feliz. Unos lo llenan de pereza o crítica. Otros, de bañadores y bloqueador solar.

La superpiscina de Guanare ya es un hecho. Lo demás, es decisión de cada quien.

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