El título que encabeza estas líneas no es solo una expresión coloquial; es el reflejo de un espectáculo que transita entre lo absurdo y lo lamentable. En la escena pública, donde la coherencia y la dignidad deberían ser el norte de quienes pretenden influir en la opinión colectiva, nos encontramos con personajes que, tras agotar sus recursos en el mundo del entretenimiento, intentan desesperadamente reciclarse en la política y el activismo, pero sin el sustento del respeto.
Fernando Carrillo, otrora galán de telenovelas que supo capitalizar el cariño de una audiencia cautiva, parece haber perdido el guion de su propia realidad. Sus recientes apariciones y declaraciones, más allá de generar debate, provocan una mezcla de incredulidad y burla. Es el declive de una figura que no ha sabido interpretar el paso del tiempo ni la gravedad de las crisis que atraviesan las sociedades actuales.
El guion del despropósito:
Lo que vemos hoy es una puesta en escena forzada. Cuando un actor decide utilizar su plataforma para participar en la vida pública, tiene dos caminos: la preparación seria y el compromiso genuino, o la transformación en una caricatura de sí mismo. Carrillo ha optado por el segundo.
Desconexión total: Sus intervenciones carecen de profundidad analítica, limitándose a consignas que suenan huecas en un entorno que exige soluciones, no eslóganes.
El hambre de protagonismo: La necesidad de mantenerse vigente lo ha llevado a protagonizar episodios que desentonan con cualquier protocolo de seriedad.
La pérdida de credibilidad: En el ceremonial de la vida pública, la credibilidad es la moneda de cambio. Una vez que se gasta en «comiquitas», es casi imposible recuperarla.
Un espejo de la ligereza:
Este fenómeno no es aislado, pero en el caso de Carrillo resulta particularmente estridente. Es el síntoma de una era donde el show pretende desplazar a la gestión, y donde el ruido mediático se confunde con el liderazgo. Sin embargo, el público, ese mismo que alguna vez lo aplaudió en la pantalla chica, hoy observa con ojo crítico. La audiencia no es ingenua; sabe distinguir entre un actor interpretando un papel y un ciudadano comprometido con su entorno.
Conclusión:
La política y el servicio público no son un set de grabación donde se puede repetir una escena hasta que salga bien. Aquí, las acciones tienen consecuencias y las palabras dejan huella. Fernando Carrillo ha decidido presentar su «última comiquita», una función que, lamentablemente para él, no recibirá los aplausos de antaño, sino el silencio de quienes esperan mucho más de sus figuras públicas que simples piruetas mediáticas.
La función debe continuar, pero quizás sea hora de que algunos personajes entiendan que su tiempo bajo el reflector de la seriedad ya ha expirado.
NI HUBO MARCHA A EMBAJADA, NI CIERRE DE FAJA DEL ORINOCO.
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