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John Barrett llegó a Venezuela como nuevo encargado de negocios de Estados Unidos, y esto no es un movimiento burocrático más en el tablero de ajedrez geopolítico del hemisferio.

La jugada es señal de que Washington decidió enviar a uno de sus «pesos pesados» del Servicio Exterior a un país que hoy, más que nunca, requiere de manos expertas y temple.

​Barrett no es un improvisado.

Su hoja de ruta por América Latina es la de un diplomático que ha caminado por los pasillos más complejos.

Con más de dos décadas de experiencia, ha demostrado estar a la altura de compromisos en naciones sumidas en conflictos profundos.

Su paso por Panamá es una credencial de alto valor: allí integró el equipo político que confrontó la influencia de China sobre el Canal, una disputa de intereses que obligó a una revisión exhaustiva de términos económicos y arancelarios.

Barrett sabe lo que es defender la soberanía de los intereses estadounidenses en zonas de alto valor estratégico.

​Esa trayectoria es, para Trump, una garantía de que los intereses de su país estarán en buenas manos.

En nuestra Venezuela que busca desesperadamente flujo de caja y una administración Trump que prioriza los resultados tangibles, la misión de Barrett pareciera ser clara:

Viene a maximizar y blindar las operaciones de energía, desde el petróleo y el gas hasta el estratégico sector minero.

Delcy estaría respondiendo dócilmente en materia económica. No tanto en lo político. Allí tenemos aún los presos políticos, la Amnistía frágil y un Diosdado y el propio Jorge Rodríguez poniendo en duda unas elecciones pronto.

​Sin embargo, detrás del pragmatismo económico y la seguridad energética, queda en el aire el sentimiento del ciudadano común.

¿Pero para los venezolanos podrá ser útil la presencia de Barret?

​Es inevitable preguntarse si este diplomático de carrera, experto en negociaciones de alto nivel, tendrá una agenda real para la recuperación de la democracia venezolana.

La historia reciente nos ha enseñado que el crecimiento de la industria petrolera no siempre se traduce en bienestar social si no hay instituciones sólidas que lo respalden.

​La gran interrogante que Barrett tendá que despejar es si su gestión tutelará los recursos del país, producto de las ventas de sus bienes naturales, para que estos puedan ser trasladados a mejorar la calidad de vida de los venezolanos.

¿Será capaz la diplomacia estadounidense de condicionar el éxito energético a la transparencia y al alivio de la crisis humanitaria, o nos enfrentamos a una era de realismo político donde el crudo pesa más que los derechos civiles?

​El escenario está servido. John Barrett llega a una Caracas que ha dejado de ser «obediente» y que busca imponer su propia agenda bajo la sombra de otros conflictos globales.

Por ahora, entre promesas de inversión y la incertidumbre política de un país que anhela cambio, solo queda una certeza: amanecerá y veremos.

Carlos Alaimo
Presidente-Editor