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Pero no te confundas. No se trata del precio de la mensualidad, ni de la inflación, ni de los sueldos de los maestros. No. Se trata de la estafa legalizada que llaman «paquete de grado». Y duele porque no es dinero: es dignidad.

El Paquete que no se Negocia

El Colegio Fermín Toro soltó el monto. El famoso «paquete» que todo padre debe pagar si quiere ver a su hijo recibir ese bendito diploma. ¿El problema? Que el precio no se consulta, no se negocia y no se justifica. Es un monto que sale de la nada, inflado con conceptos oscuros que nadie desglosa. Y los padres, apretados, con el alma en un hilo y el bolsillo en carne viva, dijeron NO.

Porque hay un límite. Uno puede estirar el presupuesto por la educación, pero no puede permitir que le vean la cara de tonto con un cobro arbitrario que supera todo lo razonable. Esa fue la respuesta de los representantes: un rechazo unánime, silencioso pero firme, a ese abuso.

La Respuesta del Colegio: Humillación

Y aquí viene lo que realmente arde. El colegio, al ver que el bolsillo no cedió, no bajó el precio. No revisó el paquete. No dio la cara. En lugar de eso, tomó una decisión que solo se explica por la soberbia y el rencor:

Degradar el acto.

¿Quieren no pagar? Pues bien, entonces no tendrán un acto digno. El colegio, en un desplante de autoritarismo infantil, decidió que la ceremonia de graduación, ese evento que marca la vida de un muchacho y el orgullo de una familia, se hará en un lugar no apto. Un sitio improvisado, sin condiciones, sin la solemnidad que el momento requiere.

Mientras tanto, la Sala Polivalente de Guanare, el espacio diseñado para estos eventos, el lugar que tiene la capacidad y la altura para recibir a una promoción, está disponible. Vacía. Esperando. Pero el colegio, con tal de no darle el gusto a los padres que se atrevieron a decirle que no, prefiere hacer un «acto perrito». Una función cutre, en un espacio que avergüenza a los graduandos y que minimiza el esfuerzo de años.

La Dignidad no se Vende

Ahí está el corazón del asunto. No es el dinero. Es que el colegio confundió un trámite administrativo con un acto de sumisión. Creyó que podía doblegar a los padres con la amenaza de quitarle el brillo al día más importante de sus hijos. Y cuando los padres no se arrodillaron, el colegio decidió castigar a los niños.

Eso no es un cobro, eso es una extorsión. «Pagan o sus hijos no tendrán un acto bonito». Pero los padres de la promoción del Fermín Toro entendieron algo fundamental: el valor de ese diploma no lo da el salón donde se entregue, ni el sonido del equipo de sonido, ni la silla donde se sienten los abuelos. El valor lo da el esfuerzo de seis años de sacrificio, de madrugones, de cuadernos y de lágrimas. Eso no se lo puede quitar ningún paquete de grado, por más caro que sea.

El Remate de la Mezquindad

Pero la historia no termina ahí. Porque cuando la intransigencia y la mezquindad del Colegio Fermín Toro llegaron al extremo, los padres, los representantes y los propios estudiantes tuvieron que hacer lo impensable para salvar el orgullo de su promoción.

No hubo Sala Polivalente. No hubo espacio digno. No hubo colaboración.

Fue entonces cuando, con las uñas, con la frente en alto y el corazón encogido, los padres y alumnos de esa promoción lograron que les prestaran, así, como favor, la Sala de Sesiones de la Alcaldía del Municipio de Guanare. Un espacio público. Un lugar donde se debaten los destinos de la ciudad. Esa fue la única salida que encontraron para que sus hijos pudieran recibir su diploma sin tener que arrodillarse ante el capricho de una institución que se olvidó de su esencia educativa.

¿Y el colegio? Miró para otro lado. No movió un dedo. El jefe de la Zona Educativa, que debía velar por que esto no ocurriera, fue testigo mudo de cómo un colegio privado prefería manchar su propio nombre antes que ceder en su afán de lucro. Prefirió la vergüenza pública antes que reconocer que se había equivocado.

La Lección

El Colegio Fermín Toro quería que los padres pagaran por un recuerdo. Lo que no esperaba es que los padres recordaran que la dignidad no tiene precio. Y que cuando se les toca el bolsillo, no solo se les pide dinero: se les pide que acepten la humillación. Y esa, señores del Fermín Toro, no se vende.

Que la promoción se graduó en la Alcaldía, no en la Sala Polivalente. Que el acto no tuvo el lujo que el colegio prometía si se pagaba el paquete completo. Que los aplausos resonaron entre paredes de gobierno, no entre cortinajes de terciopelo. No importa.

Porque los padres y los hijos de esa promoción saben que la grandeza de un logro no la mide el lujo del lugar, sino la fuerza con la que se defendió lo que es justo. Y ese día, en la Sala de Sesiones de la Alcaldía, no se graduaron solo estudiantes: se graduó una comunidad que le dijo NO al abuso, NO a la extorsión y NO a la mezquindad.

Al final, el colegio habrá ganado una batalla mezquina, pero habrá perdido lo único que realmente importa: el respeto de las familias a las que, se supone, debe servir. Y esa derrota, señores, no la maquilla ningún paquete de grado.

NO MAS AL CHANTAJE Y EXTORSIÓN DEL FERMÍN TORO.

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