Por años, Venezuela fue el gran ausente en las reuniones de primavera del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Sancionado, aislado y con una deuda externa en default, el país parecía condenado a una economía de guerra y control de cambio paralelo. Sin embargo, el 3 de enero de 2026 todo cambió. La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses no fue un hecho aislado: fue la llave que abrió la puerta que los propios organismos multilaterales mantenían cerrada con candado desde 2019.
Hoy, con Delcy Rodríguez al frente de un gobierno interino legitimado por Washington y respaldado por España, el FMI y el Banco Mundial han vuelto a sentarse en la mesa venezolana. La pregunta que surge es incómoda pero necesaria: ¿quién ganó realmente con este giro?
Lo que está en juego no es solo financiero. Detrás del discurso de «normalización económica» y «reinserción internacional» hay condiciones concretas. El FMI no presta sin exigencias: ajuste fiscal, fin del control de cambio, liberalización de precios y, sobre todo, garantías para el capital extranjero en el sector petrolero. El Banco Mundial, por su parte, condicionará sus créditos a reformas estructurales que Venezuela aplazó durante décadas.
Pero también hay un cálculo geopolítico evidente. Estados Unidos necesita petróleo venezolano para contrarrestar la influencia de Rusia y China en la OPEP+. Y Rodríguez, lejos de ser una figura decorativa, ha demostrado pragmatismo: aceptó la captura de su antiguo jefe, renegó del discurso antiimperialista más radical y abrió las compuertas a las inversiones extranjeras.
El costo social es el gran ausente en este tablero. Mientras los tecnócratas del FMI hablan de estabilización macroeconómica, 8.7 millones de venezolanos siguen fuera del país y quienes quedan enfrentan una inflación que, aunque menor a la hiperinflación de 2019, aún supera tres dígitos anual. Los créditos que ahora llegarán no son un cheque en blanco: son una soga que ata el futuro económico del país a recetas que en África y América Latina ya dejaron cicatrices profundas.
Conclusión editorial: Detrás de todo esto hay un intercambio frío y calculado. Venezuela obtiene oxígeno financiero y Washington asegura influencia en el Caribe y acceso a crudo. Pero la verdadera incógnita es si este nuevo modelo servirá para reconstruir el tejido social destrozado o si simplemente cambiará el rostro del poder económico sin cambiar su esencia excluyente.
El FMI y el Banco Mundial vuelven a Caracas. La historia dirá si lo hacen para rescatar o para cobrar una deuda que, esta vez, no es solo en dólares, sino en años de sufrimiento popular.
