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Barcelona fue testigo, un fin de semana más, de un ejercicio cada vez más inusual en el tablero político europeo: una reunión de fuerzas de izquierda no para anunciar una escisión, sino para explorar los pliegues de un entendimiento. El encuentro, que congregó a líderes de partidos socialistas, movimientos verdes, agrupaciones comunistas y plataformas ciudadanas, no tuvo el brillo de una cumbre internacional ni la parafernalia de los grandes cónclaves. Fue, más bien, una asamblea incómoda, necesaria y cargada de urgencia.

Lo que quedó sobre la mesa —y este editorial quiere subrayarlo— no fue un manifiesto grandilocuente ni una hoja de ruta cerrada. Fue algo más valioso: un diagnóstico compartido de que las recetas del pasado han caducado. Nadie discute ya, en esos círculos, que la defensa del estado de bienestar o la lucha contra la emergencia climática son banderas exclusivas. El reto es otro: cómo articular respuestas que no sean meramente reactivas frente al avance de las extremas derechas o la tecnocracia liberal.

En Barcelona se respiró un cambio de tono. Abandonar la nostalgia de las utopías del siglo XX sin caer en el pragmatismo vacío. Varios intervinientes coincidieron en un punto crítico: la izquierda ha sido más eficaz denunciando lo que destruye que construyendo nuevos relatos de futuro. La reunión sirvió para admitir que la fragmentación —ese deporte favorito de las progresías— es hoy un lujo que no pueden permitirse.

Sin embargo, el editorial no puede ocultar una sombra. Las diferencias sobre geopolítica (Ucrania, Gaza, el papel de la OTAN) y sobre la gestión de los flujos migratorios siguen siendo grietas reales. Nadie salió de Barcelona con la ilusión de una fusión orgánica. Pero sí con un compromiso modesto pero significativo: coordinarse en lo urgente —vivienda, salarios, transición ecológica justa— sin esperar a resolverlo todo.

La reunión de izquierda en Barcelona no pasará a la historia por sus acuerdos épicos. Su verdadera noticia es que los participantes escogieron hablar de lo que los une antes de que lo que los separa los devore. En tiempos de polarización y ruido, eso ya es un editorial por sí mismo. Queda por ver si ese espíritu barcelonés trasciende las paredes del cónclave y se convierte en acción cotidiana. La ciudadanía, que sufre la precariedad y el miedo al futuro, no pide gestos grandiosos: pide hechos. Y esos, aún, están por escribir.

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