COMPARTIR

La eliminación de la tarjeta roja al jugador de Estados Unidos, doblegada ante la presión del poder, no es una anécdota arbitral ni un error de apreciación, sino la confirmación de una grieta estructural en los cimientos mismos del torneo, un terremoto silencioso que revela que la ley escrita pesa menos que el peso específico de una federación, y lo que debió ser una sanción ejemplar se convierte en un salvoconducto que corrompe la esencia competitiva, sentando un precedente peligroso que siembra incertidumbre sobre el futuro del certamen, porque al claudicar ante presiones externas, el estamento arbitral evidencia que el rigor normativo es maleable según el color de la camiseta y el tamaño del mercado televisivo, transformando la cancha en un escenario de negociación diplomática donde la falta grave se negocia como si fuera un tratado comercial, y el verdadero daño no es el incidente aislado, sino el precedente que establece una disparidad de criterio como nueva norma, una jurisprudencia no oficial donde el castigo ya no depende de la infracción sino del poder del infractor, de modo que la balanza se inclina estructuralmente a favor de las selecciones hegemónicas mientras el resto del mundo asiste como comparsa, degradado a competidor de segunda categoría que sabe que sus reclamos jamás tendrán el mismo eco, y con ello se erosiona la confianza en el sistema porque la credibilidad del torneo se asienta en la percepción de justicia, y al quebrarse esa fe el espectáculo se devalúa hasta convertirse en un ejercicio de poder donde el resultado final, manchado por la sospecha de favoritismo, pierde todo su valor simbólico y deportivo, y de cara al futuro esta decisión abre una caja de Pandora difícil de cerrar porque genera un efecto llamada para la impunidad, pues jugadores y equipos más poderosos sentirán que el riesgo de sanción es asumible y jugarán con mayor agresividad o cinismo, sabiendo que el poder de su federación puede operar como escudo protector ante cualquier reclamo, y al mismo tiempo la autoridad de los árbitros queda en entredicho, pues sabiéndose vulnerables a la presión política su criterio se debilita y se abre la puerta a un arbitraje inconsistente que variará según el rival al otro lado del campo, de manera que lo que presenciamos no fue un error sino una elección deliberada que prioriza el interés político sobre la justicia deportiva, y el futuro del torneo, visto desde este ángulo, se perfila no como una competición abierta donde gana el mejor sino como un guion escrito en los despachos, donde la emoción y la justicia son las primeras víctimas de la geopolítica del fútbol, y si la FIFA no rectifica este rumbo con medidas contundentes que restauren la igualdad ante la regla, entonces estaremos asistiendo al principio del fin de cualquier pretensión de fair play, porque cuando el poder decide sobre el castigo, el deporte deja de ser deporte y se convierte en una farsa donde solo importa el nombre del que cae y el apellido del que perdona, y al final, de qué valió el perdón de la tarjeta roja si el castigo más grande se hizo en la cancha con un 4-1 que dolerá por siempre.

FIFA DEBE REVISARSE POR DENTRO Y DEFINIR SI ES FUTBOL O DINERO.

WWW.NORTEASUR.NET